Reforma pensional: cuidar no es lo mismo que ser madre
Nota para el medio Ámbito Jurídico
Reconocer el cuidado es necesario; asumir que corresponde principalmente a las mujeres es perpetuar el problema.
Hay un reparto tácito que muchas normas que se crean con un supuesto “enfoque de género” asumen: si eres mujer, cuidas; si eres hombre, produces. La reforma pensional (L. 2381/24) reconoce esa labor de cuidado, pero al hacerlo solo para las mujeres, no corrige el reparto: lo confirma. Convierte en regla lo que debería cuestionar.
La reforma pensional empieza a regir el 1º de abril de 2027, acaba de pasar por la Corte Constitucional y ya se habla de contrarreforma. Es el momento de discutir su enfoque de género, antes de que la discusión sea sobre cómo desmontarlo.
La reforma trae varias reglas diferenciadas. En el pilar contributivo, las mujeres se pensionan a los 57 años con 1.000 semanas, frente a los 62 años y 1.300 para los hombres. En el semicontributivo, reciben un subsidio del 30 % sobre el saldo, frente al 20 %. Se reducen 50 semanas por cada hijo, hasta un máximo de tres.
Hay una objeción frecuente: que todo beneficio diferenciado para las mujeres termina siendo un costo asociado a su contratación, como se ha señalado en relación con la licencia de maternidad y el fuero. No aplica aquí, y la razón es quién paga: el costo de la edad diferenciada, de las semanas reducidas y de los subsidios lo asumen el sistema y el presupuesto nacional, no la nómina.
La crítica está en otro lado y no viene de los empleadores. La propia Corte Constitucional la recogió al ordenar la reducción de semanas: advirtió que la diferencia de edad ya no basta para superar la discriminación y que exigir las mismas semanas en cinco años menos las perjudica.
El punto más delicado de la reforma es el descuento por hijo. Conviene empezar por lo que pretendía corregir: la sociedad le asignó a la mujer, por el hecho de serlo, la labor del cuidado, y ese trabajo no remunerado la fue sacando del mercado laboral. Cotizó menos, cotizó de manera interrumpida y cotizó tarde. Por eso llega a la vejez con menos semanas que un hombre de la misma trayectoria. Reconocer esa realidad era necesario. Pero una cosa es reconocerla y otra muy distinta es convertirla en regla.
La reforma reconoció el trabajo de cuidado, pero lo hizo principalmente a través de la maternidad. La traducción no es falsa –la crianza es cuidado y es la interrupción más frecuente–, pero es parcial. No todas las mujeres son madres, y la sociedad no les exige únicamente esa forma de cuidar: también se espera que cuiden al padre que enferma, a la madre que envejece o al familiar con discapacidad. Sin embargo, el problema de fondo no es solo lo que la norma deja por fuera, sino lo que asume: que cuidar es tarea de mujeres.
Ahí está el obstáculo estructural que la reforma deja intacto. Al otorgar el beneficio exclusivamente a las mujeres, no cuestiona la expectativa de que cuiden por el hecho de serlo: la confirma. Lo que era una imposición social se convierte en presupuesto normativo. La ley termina diciendo que la mujer cuida porque es mujer y que, por eso, merece una compensación. No ataca el estereotipo; lo premia.
La edad diferenciada responde a la misma lógica. Permite que la mujer se pensione cinco años antes, pero también instala una idea: que puede salir del mercado laboral antes porque su lugar sigue estando en el hogar, mientras el hombre sigue produciendo. Y salir antes no le sale gratis. Quien cotiza desde los 2,3 salarios mínimos hacia arriba ve que el excedente va al ahorro individual, y cinco años menos de acumulación, repartidos en más años de vida, significan una renta menor. El beneficio compensa, pero el estereotipo persiste.
Frente a cualquier medida diferenciada entre hombres y mujeres conviene preguntar lo mismo: ¿corrige la causa de la desigualdad o solo compensa su resultado? Y, más importante: ¿al compensar, refuerza la causa?
Buena parte del enfoque sale bien librada de esa pregunta. La parte que no, todavía está a tiempo de arreglarse: el artículo sobre la reducción de semanas por hijo fue devuelto al Congreso por la Corte Constitucional por un vicio de trámite, y el Congreso ya no puede modificar el texto.
Esto nos deja ante una norma que presume que la mujer cuidará y que le reconoce ese cuidado solo si fue madre. No corrige la desigualdad: la institucionaliza. Reconocer el cuidado es necesario; asumir que corresponde principalmente a las mujeres es perpetuar el problema.


